Los peces nacen en el agua, el hombre nace en el Tao.Si los peces, nacidos en el agua, buscan la sombra profunda del estanque o la alberca, todas sus necesidades son satisfechas.Si el hombre, nacido en el Tao, se hunde en la profunda sombra de la no-acción, para olvidar la agresión y las preocupaciones, no le falta nada, su vida es segura.
Moraleja: "Todo lo que necesita el pez es perderse en el agua.Todo lo que necesita el hombre es perderse en el Tao".

AVISO

queridos amigos los haikus que humildemente escribo están en este sitio: www.haikusilvestre.wordpress.com
gracias ! Namasté

1 ago. 2014

y con solo unas palabras introductorias a "semejante texto" puedo escribir con alegría: "Qué suerte para la humanidad que hayan nacido seres despiertos como éste" .... pero lamentablmente los necios nos superan ....

¿A quién se le habrá ocurrido? ¿Quién lo habrá inventado? ¿Quién será el culpable de tanta infelicidad cotidiana? Me refiero al genio que universalizó el desatino que reza “Polos opuestos se atraen” aplicado a nosotros, los seres humanos, y a nuestra necesidad de vivir enamorados. No tengo ni idea de quién habrá sido el que decidió que una ley de la física se podía trasladar, como si nada, a asuntos tan enrevesados como el amor y la convivencia. No logro imaginarme si sería un tarado de marca mayor, incapaz de medir las consecuencias de su desatino o, por el contrario, se trató de un cínico que todavía se está riendo a mandíbula batiente del desbarajuste que causó.

Como si no fuera suficientemente complicado sobrellevar el olvido del pago del recibo de la luz o el agua, por citar sólo una perlita, o la reforma de una casa, por citar una perlota, hay parejas, muchas parejas, miles, millones, que encima se creyeron el cuento y cayeron en la trampa de los “polos opuestos”. Que se dieron cuenta, claro que se dieron cuenta, cuando andaban en la primera etapa sabrosita del “es que tiene unos ojos espectaculares” y “un trasero de diosa” y el “qué rico besa” y el “es que en la cama nos entendemos perfecto” y el “ojalá me vuelva a llamar”, que más allá de eso no tenían más nada en común y que sus gustos eran no sólo distintos sino opuestos. Sí se dieron cuenta, sí les tembló el pulso, pero inmediatamente se tranquilizaron diciéndose, “no importa, rico, nos va a ir bien, nos vamos a complementar por aquello tan sabio de que los polos opuestos se atraen”. Bien bello. Y ahí los tiene usted disfrutando de lo lindo de la tortura cotidiana en que suele transformarse inevitablemente una unión de este estilo. Ahí tiene usted, por ejemplo, al joven que le encantaba una carpa y una excursión y una noche estrellada en la Gran Sabana, casadísimo con la muchacha que no salía de un Hilton y una agüita caliente y que ya le parecía una excursión internarse en Sabana Grande. Lindo. De novios claro, hicieron el esfuercito ambos, pero échele unos añitos de casados, ni tantos, y ahí los tendrá, torturándose porque yo no me calo un mosquito más y yo no soporto este aire acondicionado y tú pareces una cabra y tú pareces una…

Si es que es así, si a usted le encanta vivir en un bonche y a ella acostarse temprano, no pierdan el tiempo, si usted es amiguerísima y el hombre un ermitaño, ni lo intenten, si a usted le fascina un restaurante carísimo y un dieciocho años y al otro lo mata la sencillez y es feliz en una arepera, no se llamen más, si lo suyo es el guaguancó y lo de él es la ópera, eche a correr, dense los besos, hagan el amor si tanto les provoca, pero no le pongan fecha a la boda, no alquilen apartamento, no, echen a correr pero durísimo. ¿Para qué entrar en la tortura de que lo que pasa es que tú no me entiendes y tú no me complaces y tú eres un bestia y tú una loca y tú tienes el gusto ahí mismito? Porque en algún momento a alguno se le va a olvidar pagar la luz o el agua o se les va a ocurrir reformar la casa y, la torta, ni modo. Pero si esa torta es de chocolate y los dos son adictos, pues la cosa como que se hace más llevadera, más ligerita, si los dos son felices dentro de la misma carpita o bajo el mullidísimo edredón de plumas del cinco estrellas, si los dos matan por el mismo sándwich de pernil de la Encrucijada o por el champaña helado, hasta puede que se terminen riendo juntos de la casa a oscuras o el agua cortada o del asesinato en conjunto de los arquitectos de la reforma. De lo contrario, tenga la plena seguridad de que el único que se va a reír es ese tarado cínico que inventó lo de los polos opuestos aplicado al amor.

Mónica Montañés