Protegí del viento la lámpara bajo mi manto, pero, al poco tiempo, se extinguió completamente.
Apreté la flor contra mi pecho, ansioso de cariño y comprensión, pero se tornó mustia con el paso del otoño.
Embalsé el agua del manantial, para saciar siempre mi sed, pero su fuente, de pronto, se secó.
Quise tocar ese tono que jamás alcanzaba con mi arpa, más la cuerda, inevitablemente, reventó.
No sigas avergonzándome con Tu Santo Desprecio, sé que sólo mendigando he de llegar hasta Tu puerta, pues nada dejas a los hombres.
Sólo me he detenido por unos instantes en los predios de Tu patio, tras los rosales de Tu Jardín, más no pretendí en verdad robarte ni una rosa, ni arrancar de Tu árbol alguna fruta para mí.
No me sigas, pues, avergonzando con Tu Santo Desprecio, sé que sólo mendigando he de llegar hasta Tu puerta, pues nada dejas a los hombres.
Me sentaré humilde, postrado a la sombra del camino que jamás niegas al caminante...
Y cuando el viento gima entre las ramas dobladas del bambú, y las nubes se deslicen por el cielo huyendo de mi derrota, me marcharé entonces, y dejaré allí Tu hierba sobre la cual me senté, y la sombra de Tu árbol que me amparó.
El día habrá muerto. Y yo, sólo proseguiré el camino que jamás niegas al caminante, pues sé que nada, nada, dejas a los hombres.
Rabindranath Tagore
(Traducción Libre de baktha55)