Los peces nacen en el agua, el hombre nace en el Tao.Si los peces, nacidos en el agua, buscan la sombra profunda del estanque o la alberca, todas sus necesidades son satisfechas.Si el hombre, nacido en el Tao, se hunde en la profunda sombra de la no-acción, para olvidar la agresión y las preocupaciones, no le falta nada, su vida es segura.
Moraleja: "Todo lo que necesita el pez es perderse en el agua.Todo lo que necesita el hombre es perderse en el Tao".

AVISO

queridos amigos los haikus que humildemente escribo están en este sitio: www.haikusilvestre.wordpress.com
gracias ! Namasté

21 nov. 2014

―breve mensaje de Tashi Nyima a la Alianza Interconfesional de Richardson TX durante la Velada de Acción de Gracias


En el programa de esta noche aparece una cita que reza: “Abandona privar a otros de la vida; evita matar; vive sin violencia; suelta el cuchillo —escrupuloso, lleno de misericordia, tiembla con compasión por todos los seres sensibles.” —Buda Sakyamuni

Cuando la gente piensa en los monjes budistas, si es que piensa alguna vez, imagina que vivimos entre nubes de incienso, sonriendo serenamente, imperturbables, meditando en la nada. La verdad es que, como acabamos de leer en estas palabras del Buda Sakyamuni, nuestra vocación no es flotar plácidamente en la vacuidad, si no “temblar con compasión por todos los seres sensibles”.

Yo pensaba que el uso del verbo ‘temblar’ en esta cita era un mero recurso retórico, hasta tarde una noche, regresando con mi Maestro de una ronda de visitas a refugiados tibetanos, cuando pasábamos por un callejón oscuro y escuchamos los gritos de terror y dolor de un joven que sufría una paliza a manos de un grupo de hombres.

Sin demora, mi Maestro se acercó a ellos sonriendo ampliamente, y les preguntó si tal vez no sería más divertido aporrear a dos monjes en lugar de a ese joven. Yo no estaba sonriendo ampliamente; no sonreía en absoluto. Verán ustedes, los monjes budistas tomamos votos de nunca recurrir a la violencia, ni siquiera en defensa propia. No peleamos. Nos iban a dar una tunda.

Sorprendentemente, la paliza se detuvo instantáneamente, los hombres rieron nerviosamente, profirieron algunos improperios, y se marcharon. Tal vez imaginaron que éramos monjes Shaolin, listos a demostrar los secretos del kung fu...

Luego de dejar al joven en buenas manos, pregunté a mi Maestro si había tenido la certeza de que no sufriríamos ningún percance. Respondió que no lo sabía, pero que cuando menos hubiésemos podido compartir los golpes, y no todos habrían recaído sobre el joven. Entonces añadió sobriamente que es nuestro deber, en presencia del sufrimiento ajeno, plantarnos firmemente entre el victimario y su víctima.

Estoy aquí esta noche no para compartir lugares comunes sobre la compasión, sino que para plantarme en medio. No todos los abusos ocurren en callejones oscuros. Una crueldad inimaginable ocurre en los pasillos bien iluminados donde compramos la carne de los animales, sus huevos, su leche, sus pieles, su lana, sus plumas, y su cuero. Esos pasillos iluminados disimulan la oscuridad horrible en que estos animales son confinados, esclavizados, torturados, y degollados para nuestro placer. No compartiré con ustedes los detalles sangrientos, pero la verdad terrible está al alcance de quienes quieran verla, tan clara como la luz del día.

¿Qué hace que algunos seres sean dignos de compasión, mientras que otros sólo parecen ameritar el desprecio y la indiferencia? ¿Su inteligencia? ¿El poder del habla? ¿Las habilidades físicas? No. ¿Es que acaso no sentimos compasión por los tontos, los mudos, y los discapacitados? Todos los seres son dignos de compasión sencillamente porque son sensibles —sufren, sienten dolor.

Desear reducir tan sólo el sufrimiento de los seres humanos no es sino un acto de egoísmo extendido. ¿No nos dicen los Santos, los Profetas, y los Maestros de todas las confesiones que amemos y cuidemos de todos los seres? ¿No dijo el Señor Jesús, tan alabado en nuestros pueblos de América: “En verdad les digo, lo que no han hecho por el menor de ellos, no lo han hecho por mí”?

No vengo aquí a juzgarles ni reprocharles, sino a implorarles que sientan compasión por todos nuestros semejantes, humanos y no-humanos. Si no somos capaces de impedir la crueldad que sufren, al menos no seamos responsables de su sufrimiento ―ocasionado para nuestra satisfacción, pagado con nuestro dinero, e infligido con nuestro consentimiento tácito.

No podemos hablar con sinceridad sobre la compasión mientras confinamos, abusamos, y degollamos a nuestros semejantes. La compasión comienza en nuestros roperos, en nuestras alacenas, en nuestros comedores, y en nuestros platos.

Si les he ocasionado algún sinsabor, les ruego me disculpen. No vine aquí a hostilizar, sino a plantarme en medio. Humildemente me presento ante ustedes, por órdenes del Buda, temblando con compasión ―por ustedes y por todos los seres. Ruego que todos alcancemos la unidad de la sabiduría y la compasión. om mani peme hum

fuente: http://granviacentral.wordpress.com/2014/11/21/pasillos-y-callejones/